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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

lunes, 3 de julio de 2017

La Granja Roja

   La noche se había ido a dormir y los primeros rayos del sol empezaban a ribetear las nubes. Michelle detuvo la caravana en el arcén, se restregó los ojos y avisó a Alyson. 

La joven se desperezó y se quedó absorta mirando la recta de asfalto que parecía extenderse cada vez más y no tener fin. Resopló, le cambió el asiento y arrancó. El ruido del motor arrullaba a su amiga que, de vez en cuando, arrugaba la nariz para luego dar paso a una pequeña sonrisa.

   Durante varias horas, la carretera fue un circuito solitario, algo que a Alyson le resultaba realmente tedioso. A media mañana, se cruzó con un coche, pero enseguida lo perdió de vista y la monotonía volvió a invadirla.

Entonces, una casa a lo lejos llamó su atención. Apretó el acelerador y se dirigió a ella. Estaba en medio de la nada, casi pegada al arcén, rodeada por una gran hectárea de campo.

Michelle se sobresaltó al escuchar la puerta cerrarse. Alyson se había bajado y caminaba hacia esa casa de paredes pintadas a trozos de rojo. 

––¿Qué haces tía?

––Ahora vuelvo, voy a ver si vive alguien ahí y le pregunto si hay por aquí cerca algún hostal que estoy hasta los huevos de conducir. 

Michelle comprobó la guantera. Estaba vacía. Suspiró y corrió a su lado.

––¿Y quién va a vivir ahí tía? Esto seguro que está abandonado. 

Alyson se detuvo delante de la puerta y señaló la tierra que rodeaba la casa. Una tierra con tempero, preparada para la siembra. Su amiga la miró no muy convencida, pero ella no le hizo caso y llamó al timbre.

Unos pasos se arrastraron despacio hasta la puerta y una mujer apareció delante de ellas. 

––Buenos días, señora, ¿sabría usted, por casualidad, si hay por aquí algún sitio donde hospedarnos y descansar?

La mujer se quedó pensativa.

––Si no me falla la memoria, creo que había una pensión siguiendo esta carretera a cuarenta kilómetros.

Alyson echó la cabeza hacia atrás y resopló. 

––Bueno, pues vámonos entonces a ver si podemos llegar antes de cenar. ––dijo Michelle––. Muchas gracias, señora, ha sido muy amable.

La joven empezó a dirigirse a la caravana, pero entonces se dio cuenta de que Alyson no la acompañaba.

––Tu amiga parece cansada y tú también, ¿por qué no os quedáis aquí un rato, coméis y luego por la tarde os vais a donde sea?

Sin pensarlo Alyson entró en la casa. Michelle se tensó. Odiaba esos impulsos que tenía, la confianza de que todo iba a salir bien siempre y, sobre todo, detestaba que la arrastrara a todas sus locuras, como hacer ese maldito viaje.

La señora las guio hasta un comedor cuyas paredes estaban formadas por troncos, les ofreció asiento y se marchó. Al cabo de un minuto regresó con un bizcocho y dos platos. Les sirvió un trozo y se sentó con ellas.

––Para comer he preparado guisado de conejo a la sidra.

––No se preocupe, de verdad ––dijo Michelle con la boca llena, ––nos comemos esto y nos vamos.

––¿Y esa prisa a que se debe?

Ella empezó a titubear. La lengua se le hizo un nudo y acabó tirando el trozo de bizcocho que le quedaba. Alyson y la mujer estallaron en carcajadas. Michelle empezó a arañarse los muslos.

––Uy, que nerviosa eres, ¿no?

––No, bueno, es que no quiero que molestemos.

La mujer sonrió y le partió otra porción de dulce.

––No molestáis, bonita, al contrario, estamos tan solos aquí que cuando viene alguien nos hace las personas más felices del mundo.

––¿Vive con alguien más? ––dijo Alyson.

En ese momento, una voz masculina interrumpió en la cocina. La mujer se levantó y volvió acompañada de su marido. Las jóvenes se presentaron, él las saludó con una inclinación de cabeza y volvió a marcharse. 

   Cuando llegó la hora de comer, salieron a la parte trasera. Allí la fachada apenas estaba cubierta por unas pinceladas rojas mal dadas. 

Mientras la señora servía la comida en una mesa de picnic, el hombre les enseñó una jaula de conejos y un manzano. El rojo de las frutas dibujaba un cuadro de lunares sobre el mantel de las hojas. Arrancó cuatro y se sentaron.

––Bueno, ¿y qué os ha traído por aquí? ––dijo el hombre.

Alyson les contó la aventura que habían emprendido: recorrer Estados Unidos en caravana. 

––Pero llevamos casi dos días conduciendo y esta carretera es interminable. Por eso buscábamos algún hostal.

––Si queréis, podéis quedaros aquí.

Michelle suspir´o tranquila cuando su amiga, agradecida, declin´o la invitaci´on. Sin embargo al fijarse en las miradas de tristeza que intercambiaba el matrimonio no pudo evitar sentir empatía por ellos.

––¿Han vivido siempre aquí tan lejos de todo? ––dijo Michelle.

Ellos se rieron al tiempo que asentían. Esa granja había sido el regalo de bodas de los padres de ella y desde hacía cuarenta y cinco años era su hogar.

––¿Y tienen hijos?

––Oh, sí, tenemos cinco ––dijo la mujer––, pero cuando fueron cumpliendo la mayoría de edad se marcharon a las ciudades y vienen poco a visitarnos.

––Sí y desde que cumplieron los dieciocho han pasado ya unos cuantos años ––El hombre volvió a reírse. 

   De postre la mujer sacó el bizcocho para que lo acompañaran con las manzanas. Ellos solo comieron un poco de fruta y lo que sobró el hombre se lo llevó a los conejos. 

Durante horas, conversaron y disfrutaron del aire que les soplaba detrás del cuello; de aquel olor a naturaleza. Estar allí era como el paraíso. Alyson y Michelle se recostaron en las sillas y miraron al cielo. 

––Y aparte de viajar, ¿os dedicáis a algo? ––dijo el hombre.

––Estudiamos geografía en la universidad ––dijo Alyson––. Ahora estamos de vacaciones.

––Eso est´a muy bien ––dijo la mujer––. Hay que sacar tiempo para descansar, no como nosotros que entre la granja y el otro trabajo no podemos ni  rascarnos. 

––¿A qué más se dedican? ––dijo Michelle.

––A pintar la casa.

Las chicas miraron la fachada y se encogieron de hombros.

––Es que conseguir esa pintura es complicado ––dijo el hombre––. Hay épocas que tenemos que esperar meses y hasta años para poder pintar un mísero trozo.

––¿Y por qué es tan difícil conseguirla?

El matrimonio se levantó y las condujo a un cobertizo al otro lado de la casa. Cuando la mujer lo abrió, cientos de huesos cayeron a sus pies. Alyson y Michelle gritaron y se apartaron horrorizadas.

El hombre entró y caminó entre aquellos restos. Descolgó un hacha de la pared y se acercó a las chicas. Alyson sacó del pantalón la pistola que había cogido de la guantera y les apuntó. 

––Me parece que esta vez no van a pintar nada.

Mientras hablaba, caminaban hacia atrás, sin dejar de apuntarles.

––No estés tan segura, cielo ––dijo la mujer.

Alyson disparó delante de ellos y aprovecharon el momento de confusión para huir. Entonces, se desplomaron en el suelo. Ellos se besaron y sonrieron satisfechos. Era una suerte que la mujer tuviera siempre listo un bizcocho.







viernes, 16 de junio de 2017

Un malentendido

De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un beso y le miró expectante. Él se quedó en silencio, sin moverse. Entonces suspiró decepcionada. Se dio la vuelta y empezó a cambiarse. 

El vestido se descolgó desde sus hombros rozándole la piel; sin embargo él solo veía los pendientes. Demasiado lujosos para alguien como ella. Una dependienta de Mango no valía unas joyas así.

En ese instante, varios nombres atravesaron su mente. Compañeros de los que le había hablado, pero ninguno le convencía. Se los debía de haber regalado alguien que no era del trabajo. Alguno de esos hombres que, enseñando lo hinchada que tienen la cartera, conquistan a cualquier mujer.

¿Cómo podía haber caído en ese juego? Sus labios empezaron a torcerse en una mueca de asco. Ella, que acababa de salir del baño, le miró desconcertada. Los diamantes resaltaban la culpa en sus pómulos limpios de colorete.

Tras unos minutos de incómodo silencio, se levantó de la cama, sacó la maleta del armario y le pidió que se marchara. El desconcierto de antes se convirtió en incredulidad y varias lágrimas quedaron colgadas de sus pestañas.

   De fondo en la tormenta ahora se escuchaba el arrastrar de la maleta. Su mujer caminaba despacio, pero cada paso la alejaba más de él, de la vida que hasta ahora habían compartido. 

Entonces, sonó el móvil. Era la hermana de ella.

––¿Diga?

––Hola, ¿qué tal? Oye, ¿te ha dicho Miriam si le han gustado los pendientes que le he regalado de cumpleaños esta tarde?

lunes, 5 de junio de 2017

De Dioses y Hombres (II)

Los egipcios estallaron en aplausos hipnotizados por la sonrisa del rey caído del cielo. Pablo se quedó inmóvil; un frío desgarrador le recorrió por las venas, rápido, como un destello. Entonces, comprendió que aquello no era una simple visión producida por las drogas. 

––Agradezco mucho vuestro entusiasmo.

De repente, el alboroto dejó de cortar el aire.

––Desde antes de conoceros, supe que vosotros, pueblo de Mitzráyim, debíais ser los elegidos para esta misión. Los elegidos para conocer la verdad y evolucionar hacia un mundo de riqueza y progreso.

Sus grandes ojos reflejaban con orgullo el holograma de la pirámide. 

––Hablas de libertad cuando tu único propósito es que todas estas personas, que vivían aquí cultivando sus tierras, trabajen para ti.

Todos se giraron atónitos hacia Pablo. Dyeser, sin perder la sonrisa, le hizo señas para que se acercara.

––Nada más lejos de mi intención está en hacer esclavos. Yo solo he pedido algo de ayuda a cambio de una recompensa, ¿o es que acaso no es así cómo funciona el mundo?

Pablo le miró pensativo y asintió. Era cierto, al menos el motor de su vida se basaba en eso; solo que la recompensa era el sueldo. Aclarado el asunto el rey le mandó que volviera a su grupo. Luego le susurró algo al ser que llevaba a su hija y este regresó a la nave con ella.

Segundos después, apareció al lado del rey con las manos vacías. Se llevó un dedo a la sien y cuando se quisieron dar cuenta estaban rodeados de aquellas gigantescas máquinas que habían transportado.

Dyeser señaló al cielo. Tres estrellas parecían proteger a las demás con su esplendor: Alnilam, Mintaka y Alnitak las más importantes del Cinturón de Orión en cuya constelación se hallaba su planeta.

Su deseo era que la cúspide de la pirámide apuntara a Mintaka, en honor a su hija, para que desde su estrella pudiese encontrarles al mirar a La Tierra.

––¿Y cómo sabremos que señala a esa estrella? ––dijo una egipcia.

El rey dibujó una línea vertical en el aire y, de repente, una gran cuerda de luz trepó desde la arena hasta Mintaka. Las exclamaciones de sorpresa volvieron a salir de sus bocas. Pablo, que también estaba boquiabierto, echó la cabeza hacia atrás y contempló como el haz de luz se estrechaba a medida que subía por la cortina celeste. 

Una vez tomada la referencia, Dyeser organizó los grupos. Uno serviría para aprender a manejar la maquinaria; el otro, en el que estaba Pablo, se encargaría de buscar una cantera donde picar los bloques que conformarían la pirámide. 

Sin embargo la más cercana se encontraba en la ciudad de Asuán, al sur de Mitzráyim, y para llegar a ella debían recorrer, al menos, ochocientos kilómetros. 

––Nos estáis pidiendo un imposible ––dijo un egipcio––. Ninguno sobreviviremos si andamos ese camino. 

––No es tan largo como parece si tenéis el medio de transporte adecuado.

Ellos le miraron confusos. El rey dio una palmada y, de repente, una de sus naves aterrizó detrás de él. 

––No querrás que conduzcamos eso, ¿verdad?

Dyeser sacudió la cabeza al tiempo que mostraba su sonrisa afilada.

––Veo que te resulta difícil estar callado.

Pablo tragó saliva.

––Cuando algo no me convence, pregunto, eso es todo.

––¿Y cuántas cosas te convencen en tu día a día?

La respiración de Pablo empezó a acelerarse. No sabía cómo responder y, nervioso, apartó la mirada. El rey, que ahora sonreía con suficiencia, les pidió que se cogieran de las manos. Luego se acercó a Pablo y le puso un dedo en la frente. Una fuerte sacudida atravesó su cabeza y las del resto.

––Ya estáis preparados para partir.

Dyeser llamó a tres de los seres y en un instante aparecieron a su lado.

––Mis soldados pilotarán la nave hasta la ciudad de Asuán. Allí os explicarán cómo usar el conocimiento que os he transferido––El rey levantó las manos––. Id y cumplir con éxito esta misión.

Tras hacerle una reverencia, los soldados ordenaron al grupo que subiera a la nave. Ellos tomaron los controles y en menos de cualquier tiempo existente en La Tierra llegaron a su destino. 

   
   La cantera se intuía como una sombra que se elevaba majestuosa ante ellos. Uno de los seres creó con sus manos unas bolas luminosas y las dirigió a lo alto de la cantera. Su superficie irregular estaba salpicada por la pintura de miles de brochas. 

Todos se quedaron inmóviles, la mirada perdida en la abrupta roca. Entonces, la voz de un soldado les hizo girarse sobresaltados. A los pies de cada uno había algo parecido a una pistola y a su alrededor, unos recipientes de cristal enormes. 

Los egipcios se echaron hacia atrás desconfiados. Pablo, en cambio, se agachó y la cogió. Era como el arma alienígena de una película, aunque en realidad se trataba de un taladro eléctrico con broca de rayos x. 

––¿Y eso?

Pablo señaló a los recipientes.

––Moldes para fundir roca ––dijo uno de los seres.

––Pero, ¿cómo vamos a meter las piedras ahí?

El ser le quitó el taladro y disparó a la cantera. Se acercó a las rocas que se habían desprendido y las transportó con la mente hasta uno de los recipientes. La base se tornó del color de la lava y las convirtió en líquido. 

Sin más explicación los soldados les ordenaron empezar y, durante toda la noche, Pablo y los egipcios taladraron la cantera para que ellos transportaran las rocas hasta los moldes. 

   
   El despertar del sol empezó a arroparles en un cálido abrazo. Agotados muchos cerraron los ojos. Pensaban que habían acabado, pero aún faltaba sacar los bloques de los recipientes.

Al lado de cada molde un soldado hizo aparecer una plataforma metálica, con enormes cadenas encima, que se elevaba y descendía por si sola. Eligió a los hombres más fuertes y les ordenó engancharlas a las argollas clavadas en la parte superior de cada uno. 

Luego subieron a la nave y tiraron de las cadenas hacia arriba, mientras el resto se encargaba de golpear con palos los recipientes. De ese modo consiguieron sacar más de mil bloques perfectos y alineados. 

––Estáis haciendo una labor increíble ––dijo un ser––. Ahora queda lo último: meter los bloques en la nave.

Horrorizados les suplicaron que les dejaran descansar. Llevaban sin dormir muchas horas y, aunque quisieran, no podían sacar más fuerzas. No obstante eso no les sirvió de excusa y como castigo retorcieron, con la mente, las manos de algunos hasta que se partieron.

––¡Piedad, por favor! ––dijo una mujer llorando––. Haremos todo cuanto ordenéis.

Los soldados se detuvieron. Sus labios, antes apretados, sonreían complacidos. Cogieron aire y se embriagaron de aquel ambiente que olía a dolor. Después, les ordenaron que pusieran las manos en los bloques y ellos, con el terror resbalando en silencio por sus rostros, obedecieron. 

De repente, una descarga les recorrió los brazos y las piedras se redujeron hasta alcanzar el tamaño de un Cubo de Rubik. Entonces, descubrieron que ese era el conocimiento que el rey les había concedido. 

   
   Poder que, en seguida, se convirtió en una maldición que les tendría atados a los caprichos de aquellos seres durante más de veinte años. El miedo y la tristeza invadió al pueblo de Mitzráyim que, día tras día, veía como sus cosechas se echaban a perder; como muchos de sus seres queridos enfermaban y morían y no podían, ni siquiera, dedicarles una oración. La única razón de sus vidas era la construcción de la pirámide.

Las pocas horas que tenían de descanso, Pablo las aprovechaba para sentarse a la orilla del Nilo y ver en la superficie de espejo los instantes de su vida en otro tiempo ya muy lejano. Recuerdos llenos de nostalgia que, a veces, se le representaban difusos, como si nunca hubieran existido.

La esperanza de regresar a su época hacía mucho que la había tirado al agua. Al principio fue duro, luego se dio cuenta de que poco importaba estar en la suya o en esa; en cualquiera de las dos su existencia y la de todos se basaba en ser una pieza más de aquella enorme rueda llamada Mundo.


   Detrás de cada bloque de la pirámide había miles de historias, de momentos. La mayoría eran oscuros, amargos, pero también los había de ilusión y sabiduría. Durante su construcción, Dyeser se proclamó rey de Mitzráyim y les prohibió dejar constancia de la relación que había existido entre ellos. No obstante los más intrépidos dibujaron ese secreto en algunos rincones de las cámaras que la pirámide tenía por dentro. 

Jeroglíficos que solo podría ver el alma de Mintaka cuyo cuerpo fue transportado mentalmente a la cámara número once por su padre la noche en que la estrella, que hacía honor a su nombre, lanzó un rayo de luz a la cúspide. 


   Pablo estaba en Carpetana de nuevo. Confuso se agachó a coger la cartera y sacó el móvil. Era quince de septiembre de dos mil diecisiete. Había regresado al mismo día, al mismo momento en el que su vida se había quedado hacía veinte años. 

En ese instante, el metro entró en la estación. Él se quedó inmóvil, mientras la gente se atropellaba para entrar, hipnotizado por la publicidad de una marquesina. En la imagen aparecía una chica tapándose un ojo y enseñando en el dorso de la mano el tatuaje de una pirámide. 

Entonces, decidió marcharse a casa. Ese día no iría a trabajar y no sabía si al siguiente volvería.

sábado, 20 de mayo de 2017

De Dioses y Hombres (I)

 Pablo llegó a Carpetana cuando aún faltaban unos minutos para que el metro entrara en la estación. Dejó la cartera en el suelo y empezó a mirar a su alrededor. Todo el andén seguía siendo el sueño de la mayoría de las personas, que, como él, irían a trabajar.

Rostros sin ánimo. Manos que, cada dos por tres, sacaban el móvil sin saber porqué, solo por la manía de mirarlo, y lo volvían a guardar enseguida. Pablo echó la cabeza hacia atrás y bostezó, sin poder evitarlo los ojos se le cerraron.

Entonces, sintió que alguien le tocaba el hombro y vio a un hombre delante de él. Un hombre alto, de piel blanquecina y ojos verdes atravesados por una pupila en forma de raya.

Confuso le preguntó qué quería, pero el hombre no respondió. Siguió inmóvil con la mano apoyada en su hombro. Pablo se apartó y miró el cartel que anunciaba la llegada del tren. Para su asombro la pantalla se había apagado. Se dio la vuelta y miró el del otro lado, pero igual que el anterior este también tenía la pantalla en negro.

De nuevo, el extraño le agarró del hombro y se llevó un dedo a los labios en gesto de silencio. Luego clavó sus ojos en los de Pablo y este empezó a caer y a caer hacia un abismo.

   
  Un colchón de arena cálida y densa amortiguó la caída. Pablo se levantó y observó, desconcertado, sus pies descalzos hundidos en aquel desierto y la tela blanca que apenas cubría sus partes.

Cientos de preguntas le nublaban el pensamiento. Preguntas que no sabía responder y que acababan resbalando como gotas por su frente. Todo eso debía de ser un truco, seguro que ese hombre le había drogado y ahora tenía alucinaciones.

Pablo se sentó y apretó las rodillas contra el pecho. Entonces, un gran manto empezó a pintar de negro la luz de las estrellas.

Seguido de aquella oscuridad un coro de exclamaciones llamó su atención. Se levantó y corrió hacía donde las había escuchado. A pocos metros vivía una ciudad a la orilla de un enorme río. No una ciudad como las que él conocía. Allí las viviendas no eran altas construcciones de ladrillo, sino pequeños cuadrados de barro y paja.

Exhausto se acercó despacio al grupo que continuaba clamando y mirando al cielo. Se camufló entre ellos y observó, lleno de admiración e inquietud, como la noche se iluminaba por tres bolas de fuego alineadas sobre el firmamento.

Las esferas permanecieron inmóviles durante unos minutos y empezaron a bajar. Muchas personas huyeron y se refugiaron en sus casas. Otras, las más curiosas, entre ellas Pablo, continuaron expectantes con el corazón resonando en sus pechos a gran velocidad.

Tres naves metálicas de envergaduras imposibles aterrizaron y de ellas salieron unos seres físicamente parecidos al hombre del andén. Al verles el interés de antes se convirtió en una ola de terror que inundó de gritos y llantos toda la ciudad. Entonces, uno de ellos alzó las manos y les pidió silencio.

––Querido pueblo de Mitzráyim, no temáis.

Aquel ser, aunque parecido a los demás, tenía algo diferente: su cráneo era alargado con una protuberancia en la parte superior; sus ojos se estiraban ovalados desde los orificios de la nariz hasta las sienes y en su boca desfilaban grandes colmillos. Las manos, como las del resto, terminaban en cinco dedos largos y finos que continuó dirigiendo al cielo mientras imploraba que se acercaran.

––Por favor, no tengáis miedo, dejad que me presente. Mi nombre es Dyeser, soy el rey de un planeta muy lejano que, por culpa de una guerra, ya no existe. Nosotros somos los únicos supervivientes, que hemos logrado escapar, y necesito vuestra ayuda.

Pablo sentía que estaba a punto de desmayarse. ¿Hasta cuando iba a durar esa locura? Se llevó las manos a la cabeza y resopló agobiado. Entre la desconfianza de la multitud se oyó a un hombre decir:

––¿Qué queréis que hagamos?

El rey se giró, dijo algo en su lengua y a su lado se colocó otro cuyos brazos portaban a una niña.

––Mi hija estaba enterrada en el templo de nuestro planeta, pero ahora no tiene un lugar donde descansar. Si vosotros nos ayudarais a construir otro, prometo recompensaros con lo más valioso que se puede regalar: el conocimiento de la tecnología.

Asombrados ante esas palabras, todos aceptaron. Pablo, en cambio, seguía rogando que todo aquello acabara y volver a Carpetana. Regresar a su vida de siempre.
Dyeser dio una palmada y en el aire apareció un holograma de una pirámide escalonada.

Pablo soltó un grito ahogado.

––¿Y cómo esperáis que nosotros construyamos eso? ––dijo una mujer.

––Ya os lo he dicho ––El rey sonrió––, con tecnología.

En ese momento, los otros se llevaron un dedo a la sien y de las naves empezaron a salir gigantescas grúas y excavadoras que se distribuyeron estratégicamente a varios kilómetros. Pablo no daba crédito a lo que veía y en su cabeza volvió a surgir la misma pregunta: ¿hasta cuándo iba a durar esa locura?

Los seres se volvieron hacia las naves y siguieron transportando todo tipo de materiales de construcción. Herramientas incluso que Pablo desconocía. Una vez preparadas, el rey le pidió a los egipcios que se dividieran en dos grupos.

––Bien, sé que esto es difícil de asimilar y entender, pero os pido que abráis vuestras mentes; no todo es y ha sido cómo os lo han contado ––Dyeser hizo una pausa y prosiguió––. Confiad en nosotros y os mostraremos la verdadera verdad pues solo así seréis libres siempre.

viernes, 12 de mayo de 2017

Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel cebolla. Entonces se giró y vio a Emma en la ventana. 

Su mujer sostenía a su pequeño en brazos, con una sonrisa le acunaba. La luz de la luna daba pinceladas sobre su cabello negro cuyos mechones se retorcían entre los dedos de la brisa.

Desde ahí abajo parecía estar admirando la fotografía de dos ángeles. Tan bellos y a la vez tan frágiles llenaban el alma de la noche y le robaban la voluntad de su pensamiento. 

Sin embargo aquel instante de felicidad, que él pensaba eterna, se desvaneció ante sus ojos al tiempo que a su mujer se le escurría el niño y su pequeño cuerpo se estrellaba contra el suelo.

––¿Mi amor?

Se giró sobresaltado. Emma había apoyado una mano en su hombro.

––Hoy siento que la noche nos va a conceder el bebé que tanto deseamos.

Él se levantó, aún con el horror grabado en su mente, y dijo:

––No me encuentro muy bien, mejor otro día. 

viernes, 5 de mayo de 2017

Recuerdos Ocultos

Entonces, dejó de cantar. Los acordes de las guitarras habían empezado a sonar como el llanto de un niño. Un sollozo que se reflejaba en su mente nítido y desgarrador. Las manos le temblaban. El micrófono se le escurrió y ella huyó de aquel escenario de cuadros blancos y negros.

jueves, 23 de marzo de 2017

Una gota, dos gotas, tres gotas

Marina se asomó a la soledad del pasillo. Nada interrumpía a la noche en su silencio, salvo aquel ruido de gotas cayendo. Avanzó despacio hacia el baño, la respiración entrecortada. Las gotas continuaban retumbando en su cabeza. El espejo le devolvió la imagen de su padre en la bañera, los ojos abiertos. 

Ojos que aún parecían mirarla con aquel deseo repugnante, que durante tantos años había aguantado. Pero eso no le importó; lo que de verdad la estremecía era ese ruido de gotas.

Nerviosa, comprobó el grifo. Estaba bien cerrado. ¿De dónde venía entonces ese maldito goteo? Trató de calmarse. Salió del baño y escuchó con atención. Las gotas volvían a salpicar el agua lentamente. Se giró asustada. El grifo seguía cerrado. 

Corrió a la habitación, el ruido de las gotas la persiguió por el pasillo, se cubrió la cara con el edredón, se tapó los oídos.  

Entonces, un grito la sobresaltó. Era su madre. Se destapó y se quedó inmóvil, la mirada fija en la puerta...