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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Un amor de porcelana

     Tanteo el colchón, con los ojos aún entrecerrados, pero solo toco el somier vacío.

        –¿Jorge?

     Bostezo al tiempo que miro la hora en el móvil. Son las nueve de la mañana.

        –Estoy en el salón.

     Me bajo de la cama, entro al baño a lavarme la cara, con agua fría, y voy con él.


     La imagen que veo nada más entrar al salón, me parece muy perturbadora: mi novio sentado en el sofá cepillándole el pelo a su muñeca Bea.

        –Buenos días, que pronto te has levantado.

     Me acerco a la mesa, cojo un cruasán y le doy un mordisco.

        –Ya, es que me apetecía estar un rato con Bea.

        –¿Y por qué no estás conmigo, que soy tu novia?...

  

domingo, 25 de octubre de 2015

La hormiguita y la Luna

Había una vez una hormiguita que quería ser astronauta. Soñaba con volar a la Luna. Morder un trocito de aquella bola de queso blanca que algunas noches la miraba con una media sonrisa.

Un día mientras recogía migas de pan con sus compañeras, se fijó en un árbol. Era una secuoya que crecía cerca de su hormiguero. Tan alta que las nubes podían posarse en sus hojas.

La hormiguita decidió trepar por ella hasta la copa. Si conseguía alcanzar la última rama, seguro que tocaría la Luna.



Esperó hasta la noche y, cuando todos dormían, se escapó. El suave viento parecía susurrar secretos con las hojas del árbol.

La hormiguita empezó a subir. El tronco era muy grueso y, aunque el aire era suave, le hacía muy difícil agarrarse bien. Trepó hasta el amanecer sin parar. La Luna iluminó cada pasito que daba desde el cielo. La hormiguita, cansada, preparó una cama con hojas y se durmió en un agujero del tronco.

Descansó hasta la noche y continuó subiendo. Subió y subió sin detenerse, pero el día llegó de nuevo y ni siquiera había alcanzado la primera rama...





martes, 6 de octubre de 2015

La chica de papel (IV)

––Hola, Dani––dijo Helena.

Un Audi rojo había aparcado delante de la escuela y ella y su hermano salieron de él. Dieron unos golpecitos en la ventanilla del conductor y el coche arrancó.

–– Hola. ¿Y ese coche?

––Es de nuestros padres––dijo Carlos––. Tienen seis más. Uno para cada día de la semana.

––Ah, pues que bien.

–– ¿Te pasa algo? Parece que estás enfadado––dijo Helena.

––Ya, perdonar, es que no he dormido casi nada haciendo el boceto para hoy.


––No te preocupes––dijo Carlos––. Venga, vamos a clase.



Conforme pasaba la mañana, el cansancio dejaba huella en mí hasta el punto de dar cabezazos al quedarme dormido. Entre sueño y sueño, oía las risas de Carlos y Helena y sentía cosquillas cuando la punta de sus bolis recorría mi brazo.

Si seguían así, al final me iba a dormir del todo. Tenía que espabilarme. Abrí los ojos. Mis compañeros dejaron de dibujar sobre mi piel y se quedaron mirándome. Sin embargo, al ver que no decía nada, Helena me tocó la mejilla con su dedo índice.

Yo di un respingo y mi giré hacia ella, pero no era Helena la que estaba a mi lado; era la chica de mi dibujo. Empecé a temblar. Entonces, ella se levantó, se dirigió a la puerta y salió. Quise seguirla, pero no pude; tenía las piernas inmovilizadas.

Histérico, intenté moverlas, darles golpes para conseguir que reaccionaran. No sirvió de nada. Lo único que logré es que toda la clase se asustara. Escuché a Anaïs decir algo y de repente, Carlos me sujetó los puños y me dijo: Dani, despierta.


   Abrí los ojos. Aquellas palabras seguían resonando en mi cabeza. Miré a mí alrededor. La clase estaba vacía, excepto por Carlos, Helena y yo.

–– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos?

––En el descanso. Llevas una hora dormido––dijo Carlos.

Me puse rojo.

–– ¿Tanto? Joder, que vergüenza.

––No pasa nada––dijo Helena––. A todos nos pasa alguna vez.

––Claro, tío, no te rayes. Venga, vamos a la cafetería que en diez minutos tenemos que volver.



   Tardamos más tiempo en subir, otra vez, a clase, pero yo no podía volver sin haberme tomado un café bien cargado.

Afortunadamente, Anaïs no nos dijo nada cuando entramos; continuó, sin inmutarse, con la lección. Sin hacer ruido, fuimos a nuestras mesas y nos sentamos.

Como ya estaba espabilado, las dos horas que quedaban se me pasaron volando; aunque no fue porque la clase me gustara; si no porque no dejaba de recordar el sueño que había tenido. Había sido tan real, que me hacía estremecer igual que cuando dormía.

Al final del día, Anaïs recogió los deberes y nos mandó otros para el día siguiente. Esta vez, teníamos que dibujar un personaje e intentar que la textura de su ropa pareciera tela de verdad.

Suponía que la lección había ido sobre eso, pero como no había escuchado, tuve que preguntarles a Carlos y Helena. Ella cogió su cuaderno y me lo dio.

––Copia mis apuntes, si quieres. Carlos y yo compartimos los suyos.

––Muchas gracias––Sonreí––. Mañana te los devuelvo.

Helena me devolvió la sonrisa. Luego, recogimos y nos marchamos.


Delante de la escuela, estaba aparcado el Audi rojo y apoyado en él había un hombre. Supuse que sería el padre de mis amigos, pero las pintas que tenía, me hicieron dudar. ¿Quién se imagina a ningún padre con el pelo bicolor morado y azul?; ¿o con una barba en forma de trenza?; ¿o vestido con unos vaqueros y una chaqueta verde de traje y zapatillas deportivas?

Aquel hombre superaba lo estrafalario y lo hortera al mismo tiempo. No obstante, transmitía muy buen rollo.

––Mira, Dani, este es nuestro padre: Diego––dijo Carlos.

–– ¿Qué pasa chaval?

Me estrechó la mano con fuerza.

––Venga, subir al coche. Dani, ¿dónde vives?

––En Campamento.

––Pues monta que te llevo.

––Gracias.




Por el camino, me estuvo contando que su mujer y él habían abierto, hacía años, una galería. Los cuadros que pintaban eran desnudos de híbridos entre humanos y animales. Me resultó bastante macabro; aun así, le dije que si podía verlos algún día.

––Claro, este sábado organizamos una exposición. Vente a comer, si quieres, y te llevamos a la galería antes de las siete, que empieza el evento.

––Vale. Chicos, ¿quedamos en la puerta de la escuela y vamos a vuestra casa?

––Es que vivimos en Villaverde Alto––dijo Carlos––. Papá, ¿puedes venir tú a buscarle?

––Sí, ¿a las doce la mañana en la escuela te viene bien?

––Perfecto.

Diego aparcó el coche; ya habíamos llegado a mi portal. Me bajé, me despedí de ellos y entré.



  De nuevo solo, la chica de papel volvió a mis pensamientos. Intenté centrarme y pasar a limpio los apuntes de Helena, pero se me pasó la tarde y no había empezado.

Saqué el bloc de mi mochila y lo abrí por el retrato. «Si pudiera verte, aunque fuera solo una vez», pensé mientras lo acariciaba con los dedos. Suspiré hondo, me levanté y salí de la habitación.

Jaime y Sergio ya habían vuelto. Estaban en el salón viendo la tele. Sin que me vieran, crucé el pasillo hasta la entrada, abrí la puerta y me fui a la calle.

Anduve hasta un parque que había cerca de mi casa, me senté en un banco y saqué el móvil. Busqué el número de Carlos y pulsé la tecla de llamada.


––Hola, tío.

De fondo, escuché ruidos de coches y tiros.

––Hola, ¿puedes hablar? Es que quiero contarte una cosa.

––Sí, espera que pauso la Play.

Paró el juego y volvió a coger el móvil.

––Ya, dime.

––Es la chica de mi dibujo, tío, no me la puedo sacar de la cabeza.

––Creía que no te gustaba hablar de ella. Como el otro día, cambiabas de tema todo el rato…

––Ya, porque no quiero recordarla, pero es imposible; creo que me estoy obsesionando.

–– ¿Y qué quieres que haga yo?

––Pues aconsejarme. ¿Qué puedo hacer?

––Yo que sé, tío, intenta centrarte en otras cosas.

–– ¿Cómo en cuáles?

––En los trabajos de clase, por ejemplo. ¿Has terminado el dibujo para mañana?

––Que va, si aún no he copiado los apuntes de Helena.

––Hala, pues ya tienes algo con lo que entretenerte. Mañana nos vemos, que quiero seguir jugando a la consola.

––Vale, hasta mañana.

A decir verdad, no me ayudó mucho hablar con él, salvo porque conseguí desahogarme un  poco. Sabía, de sobra, que debía concentrarme en otras cosas; especialmente en el curso, que mis padres estaban pagando una pasta para que yo pudiera estudiar. Aunque fuera por ellos, tenía que olvidarme de esa chica y aprobar el título de ilustración.

lunes, 28 de septiembre de 2015

La chica de papel (III)

Todos los días, hacía el mismo camino y me sentaba en el mismo banco donde la había visto. Y todos los días, regresaba sin verla.


Había momentos en los que me preguntaba si no estaría haciendo el tonto, pero, cada vez que miraba su retrato, crecían las esperanzas de encontrarla.

Al cabo de una semana, mis salidas matutinas despertaron la curiosidad de mis compañeros. Yo les decía que salía a dibujar, aunque, desde que la había pintado a ella, mi bloc estaba guardado en el armario. Lugar del que salió la noche antes de empezar el curso de ilustración.




Esa noche, mis compañeros me prepararon una cena “especial” para celebrar que, en unas horas, estaría en la escuela de cine, teatro y dibujo Metrópolis. Intentaron cocinar una lasaña casera, pero parecía que habían descuartizado a alguien y lo habían servido en la bandeja.

Aun así, me gustó mucho la sorpresa y me animé bastante; llevaba un rato deprimido pensando en que ya no iba a poder ir más a la calle de la Luna.

–– ¿Estás nervioso? ––dijo Jaime.

––Un poco.

–– ¿Por qué? ¿Os hacen prueba de nivel o algo así?––preguntó Sergio.

––No que yo sepa.

–– ¿Entonces?

––Pues porque es el primer día y no sé cómo va a ser la gente de mi clase y los profesores.

––Seguro que son muy majos, no te preocupes––dijo Jaime.

––Esperemos. Mañana os contaré.


Me levanté del sofá, les di las buenas noches y me fui a la cama.




El metro de Argüelles estaba petado. Como pude, saqué el móvil del bolsillo y miré la hora al tiempo que avanzaba, paso a paso, detrás de la multitud. El reloj marcaba las 7:45h. Me quedaba muy poco para entrar a la escuela y me empecé a agobiar.

Conseguí escabullirme de la gente y llegar a un ascensor. Me monté y presione, repetidas veces, el 0. Mientras subía, me sentía como un corredor de footing, pues no podía dejar de dar saltitos sobre los pies.

Sin embargo, mis ganas de salir corriendo cuando se abrieron las puertas, se vieron truncadas por las personas que querían entrar al ascensor y no tuve más remedio que arrollar a algunas para que no me arrastraran dentro otra vez.

Ignoré las quejas y los insultos de la gente a la que había empujado y empecé a correr. Ya iba a llegar tarde, pero por lo menos, tenía que intentar llegar antes de que me nombraran en la lista.


–– ¡Oye, espera! ––Oí detrás de mí.

Me detuve y miré. Un chico y una chica corrían hacia mí y me hacían señas con la mano; así que aguardé a que llegaran.

–– ¿Vas a Metrópolis? ––dijo la chica.

––Sí.

–– ¿A qué curso?

––A dibujo e ilustración.

––Mira, como nosotros; ya tienes acompañantes––dijo el chico.

Estupendo. Si ya llegaba tarde, ahora encima me iban a retrasar más estos dos.

–– ¿Sí?, que bien––Sonreí forzadamente.

––Venga, vamos.

Me agarró cada uno de un brazo y comenzamos a andar.


––Por cierto, nos llamamos Carlos y Helena, ¿y tú?

––Yo, Dani. ¿Sois hermanos?

––Sí, mellizos––dijo Helena.




La escuela era una obra de arquitectura moderna. Estaba formada  por varios cubos de Rubik, que hacían las distintas aulas y departamentos.

Los de dibujo e ilustración resaltaban de entre los demás: eran los únicos cubos adornados con viñetas de cómics. Los otros, en cambio, se distinguían porque encima de la puerta tenían un cartel que anunciaba a que materia pertenecían.

Carlos y Helena me llevaron hasta la puerta de uno de los edificios de ilustración. Un montón de chavales aguardaban, también, sentados en las escaleras de la entrada. Respiré tranquilo; aún no habían empezado.




De repente, la puerta se abrió y salieron 3 hombres y una mujer. Llevaban camisetas, a juego, pintadas con dibujos a acuarela. Todo el mundo supuso que serían profesores y se levantó. Ellos bajaron las escaleras y se colocaron frente a los alumnos.

–– ¡Buenos días! Me llamo Anaïs y estos son mis compañeros Tony, Hugo e Iván. Somos los tutores de los grupos de dibujo e ilustración de este año.

––Ahora, iremos pasando lista––dijo un profesor––. Cuando oigáis vuestro nombre, colocaros al lado de quien os haya llamado.

Cada uno, nombraba a un alumno y así se iban formando, poco a poco, los grupos. A los mellizos y a mí nos tocó con Anaïs.




Cuando ya estaban las clases completas, los tutores nos guiaron a las aulas. La nuestra estaba en el segundo piso. Era una sala cuadrada con los pupitres colocados de tres en tres. Un espejo enorme ocupaba una de las paredes, lo que causaba el efecto visual de que el tamaño de la clase aumentara. En otra pared, había dos armarios llenos de materiales y entre ambos, una ventana. La pizarra era una pantalla de cine que la profesora manejaba desde su ordenador. Y en la pared que quedaba, había una galería con los cuadros de los alumnos de otros años.

Carlos, Helena y yo entramos los primeros y nos sentamos en la última fila. Anaïs esperó a que todos cogieran sitio, luego entró ella y, desde su mesa, comenzó a hablar.

Nos explicó las asignaturas que íbamos a dar, la forma de evaluar los exámenes, las editoriales donde podíamos hacer las prácticas… En fin, lo típico que te cuentan un primer día de clase en un curso como ese.

Yo prestaba atención a duras penas; mis compañeros habían sacado sus blocs de dibujo y me los estaban enseñando.

––Joder, son impresionantes, ¿dónde habéis aprendido a pintar así?

––En ningún sitio, siempre se nos ha dado bien––dijo Helena.

–– ¿Y tú tienes algún dibujo? ––preguntó Carlos.

––Alguno, pero no son tan buenos como los vuestros.

––Que sí, venga, enséñanoslos.

Saqué mi bloc y lo abrí.

––Oye, pues pintas muy bien––dijo Helena.

––Gracias.

Siguieron pasando las hojas hasta que llegaron al retrato de la chica.

–– ¡Hala, que guapa! ¿Es tu novia? ––preguntó Carlos.

––Ojalá––dije poniendo los ojos en blanco––. Es solo una chica que vi y dibujé.

––Venga, chicos, vamos a callarnos ya que nos va a echar la bronca la profe.

––Calla, coño. Dani, ¿dónde la viste?

––Pero es que la vamos a liar al final.

Carlos resopló.

–– ¿Estás pesada, eh?

––Da igual, tío, luego te lo cuento.

––Vale.



Llegué a casa agotado; aunque relajado porque sabía que iba a estar solo unas horas hasta que Jaime y Sergio volvieran. Dejé la mochila en mi habitación, fui a la cocina a prepararme un bocadillo y me lo comí tirado en el sofá.

Después de ver un rato la tele, volví a mi cuarto. En clase, nos habían mandado dibujar un boceto, a carboncillo, de alguna parte de nuestra casa. Yo había pensado en el salón. Saqué el bloc de la mochila, los carboncillos, me senté en el escritorio e intenté visualizar lo que quería pintar.
Sin embargo, lo único que podía trazar mi mente era mi amor de papel.

Cerré los ojos y traté de concentrarme. Era inútil; de ese modo, solo conseguía imaginarla con más intensidad. Me llevé las manos a la cabeza y apreté con fuerza; necesitaba distraerme. Abrí los ojos, me levanté y bajé al chino a por una bolsa de patatas.




De regreso a casa, me llamó Carlos. Habíamos dejado a la mitad la conversación de clase y estaba ansioso porque le contara dónde había visto a la chica.

Se lo dije y, rápidamente, cambié de tema. Él siguió hablando de ella, pero al ver que no le seguía el royo, la conversación fluyó hacia donde yo quise.


Estuvimos charlando casi toda la tarde y, durante unas horas, conseguí sacármela de la cabeza. Aunque también me olvidé del trabajo para el día siguiente y luego se me hizo tardísimo.


jueves, 17 de septiembre de 2015

La chica de papel (II)

Todo el cuerpo se me había paralizado y, para cuando quise reaccionar, ya se había ido. Corrí hacia la esquina por la que se había marchado, y anduve unos metros, a ver si la alcanzaba, pero no había rastro de ella.

Me llamé imbécil por no haberle preguntado quién era. Ahora, solo la podría tener en el recuerdo y, seguramente, acabaría por borrarse. Así que para evitarlo, se me ocurrió una cosa: retratarla. Fue ahí, cuando me di cuenta de que había dejado todo en el banco y volví corriendo. En cuanto comprobé que no faltaba nada, me senté, abrí el bloc y comencé a pintar.

Cuando terminé, alcé el retrato estirando los brazos y sonreí orgulloso. De esa forma, podría verla siempre que quisiera. Guardé el cuaderno y el lápiz en la mochila y miré la hora en el móvil. Tenía varios WhatsApp de Jaime, pero no los leí; directamente, me levanté, me colgué la mochila a la espalda, cogí la bolsa de la papelería y me dirigí al autobús.




Esta vez, el 25 no tardó nada en llegar y enseguida estaba en casa. Entré derecho a mi habitación y saqué el retrato. Lo dejé encima del escritorio y, de nuevo, me quedé ensimismado contemplándola.

Cuanto más admiraba el cuadro, más dudas surgían en mi cabeza: ¿cómo se llamaría?, ¿de dónde sería?, ¿la volvería a ver?...

Sergio tuvo el detalle de sacarme de mi ensoñación cuando llamó a la puerta.


––Dani, ¿estás ahí?

Sobresaltado, guardé el dibujo en el cajón del escritorio y fui a abrirle.

––Hola, tío, pasa.

–– ¿Llevas aquí mucho?

Sergio se sentó en la cama y yo me quedé apoyado en el escritorio.

––No, acabo de llegar.

–– ¿Y dónde has estado?

––En el centro. He ido a comprar unas cosas para el curso. ¿Y tú que has hecho?

––Poca cosa: ver la tele, básicamente. Y ahora, iba a preparar la comida.

––Venga, pues te ayudo.




Fuimos a la cocina y abrimos la nevera. Ninguno éramos de cocinar mucho, así que nos hicimos una pizza barbacoa en el microondas.

Mientras Sergio la cortaba por la mitad, me fijé en las sartenes y los cubiertos que había en la pila. Eran de la noche anterior y, sabiendo lo maniático que era Jaime, seguro que le había repetido cien veces a su compañero que los recogiera.

Cogí dos platos y la botella de Coca-Cola de la nevera y nos fuimos al salón. Comimos viendo el último capítulo de los Simpson y a las tres y cuarto, Sergio se fue a trabajar.

Yo me quedé un rato más viendo la tele tirado en el sofá. Luego, recogí la cocina y fui a mi cuarto. Ordené los materiales, que había comprado, en mi armario, y cogí un libro de la estantería. Casi todos mis libros eran de arte o estaban ilustrados. Lo abrí por una página cualquiera y comencé a leer las técnicas sobre cómo se había pintado la ilustración que venía.

Leía sin prestar atención. Las palabras se agolpaban en mi cabeza, un segundo, y luego se esfumaban. No podía evitarlo; lo único que permanecía en mi mente era esa chica.

Dejé el libro en la estantería y fui al escritorio a coger su retrato. Necesitaba volver a verlo. Cuando lo tenía en mis manos, suspiré. Solo era un dibujo, pero cada vez que lo miraba, sentía que el corazón se me salía del pecho.




Jaime llegó a las ocho. Le oí entrar en su habitación y estampar la mochila contra la pared. Trabajaba de comercial, en el Corte Inglés de Goya, en la sección de perfumería, y todos los días volvía harto. Al cabo de un rato, salió y llamó a mi puerta.

––Pasa.

––Ay, por fin en casa. Pensaba que no se acabaría nunca el día.

Se acercó a mi cama y se dejó caer en ella.

––Me duele la mandíbula de sonreír tanto, joder. Puta gente; dicen que hay crisis, pero bien que se gastan pasta en perfumes.

––Ya, y en otras gilipolleces, también.

––Pues sí. Bueno y ¿tú que tal? ¿Te has comprado todo?

––Sí, mira.

Fui al armario y cogí los materiales.

––Oye, te he hablado por WhatsApp antes y no me has contestado––dijo mientras se los enseñaba.

––Se me ha pirado mirarlo, perdona. ¿Qué me habías dicho?

––Que recogierais la cocina, pero ya he visto que lo habéis hecho.

Me reí.

––Seguro que se lo has dicho a Sergio un montón de veces.

––Ya ves––Él también se rió.

Acabé de enseñarle lo que había comprado y volví a guardarlo en el armario. Seguimos charlando hasta que llegó Sergio y nos fuimos al salón.

Sergio había comprado comida china. Delante del bar en el que curraba, había un restaurante y muchas noches pillaba ahí la cena.

Para no fregar luego, cogimos tenedores y comimos de los boles directamente. Y todo lo que sobró, lo guardamos para el día siguiente.


––Mañana voy al Fnac, por la mañana, a por unas entradas para la nueva peli de pixar que están echando, ¿te vienes? ––preguntó Sergio.

––No puedo, tío; quiero quedarme aquí dibujando. Además, me quedan tres semanas para poder levantarme tarde y hay que aprovecharlo.

Me dio palo decirle que no, pero ya tenía planes en mente.

–– ¿Y tú Jaime? Es que son entradas dobles y no me apetece ir solo.

–– ¿Cuándo es la peli?

––Este sábado.

––Vale, me apunto, pero no te puedo acompañar mañana.

––Da igual––Sonrió––. Me voy a dormir.

––Hasta mañana, descansa mucho––dijimos.

––Igualmente.

Jaime y yo nos quedamos un rato más haciendo zapping, pero como tenía que madrugar, enseguida nos mandó a la cama.




A día siguiente, me desperté mucho antes de que amaneciera. Me levanté, me senté en el escritorio y cogí el retrato. Mis labios dibujaron una sonrisa.

Lo dejé, otra vez, en su sitio, volví a la cama y permanecí tumbado mirando al techo hasta que mis párpados cayeron.




Oí a Sergio levantarse. Aún me parecía muy temprano y, efectivamente, solo eran las seis y media. La peli que quería ver debía ser buena para madrugar tanto.

Me di la vuelta e intenté dormirme, de nuevo, pero no pude; ya me había desvelado. Y encima, a Sergio se le sumó Jaime, que también se había levantado. Así que yo hice lo mismo y salí de la habitación.

––Hola, ¿te hemos despertado?––preguntó Sergio cuando entré al salón.

––No, tranquilo. ¿Y Jaime?

––Duchándose. ¿Quieres café con hielo o algo?

Sentí como se me revolvía el estómago cuando me acercó la cafetera.

––No, gracias. Es muy pronto todavía para cafés.

En ese momento, Jaime apareció por la puerta. Saludó, agarró la cafetera y se bebió más de la mitad. Sergio y yo nos miramos desconcertados.

––Uf, lo siento. Con el calor que hace, he dormido fatal y necesitaba esto  para espabilarme. Ahora preparo más.

––No, déjalo––dijo Sergio––. Siéntate y desayuna tranquilo.

Jaime asintió y se sentó en el sofá con nosotros. Sergio le ofreció una bandeja con cruasanes y le sirvió un poco más de café en un vaso.


––Oye, ¿a qué hora quieres ir al Fnac? ––dijo Jaime un rato después.

Sergio se quedó pensativo.

––Pues a las ocho u ocho y media estaría bien.

––Genial, te llevo entonces. Hoy entro a trabajar antes y me pilla de paso.

–– ¡Qué guay! Gracias.

Jaime le dio un último mordisco a un cruasán, se levantó y le hizo una seña a Sergio para que se moviera. Él corrió a coger la mochila de su habitación, volvió al salón y se marcharon.

Por fin me había quedado solo. Ahora podría ducharme y prepararme para ir a la calle de la Luna. Hasta que empezara el curso, había prometido volver, cada mañana, para ver a la chica de nuevo.