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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

domingo, 25 de octubre de 2015

La hormiguita y la Luna

Había una vez una hormiguita que quería ser astronauta. Soñaba con volar a la Luna. Morder un trocito de aquella bola de queso blanca que algunas noches la miraba con una media sonrisa.

Un día mientras recogía migas de pan con sus compañeras, se fijó en un árbol. Era una secuoya que crecía cerca de su hormiguero. Tan alta que las nubes podían posarse en sus hojas.

La hormiguita decidió trepar por ella hasta la copa. Si conseguía alcanzar la última rama, seguro que tocaría la Luna.



Esperó hasta la noche y, cuando todos dormían, se escapó. El suave viento parecía susurrar secretos con las hojas del árbol.

La hormiguita empezó a subir. El tronco era muy grueso y, aunque el aire era suave, le hacía muy difícil agarrarse bien. Trepó hasta el amanecer sin parar. La Luna iluminó cada pasito que daba desde el cielo. La hormiguita, cansada, preparó una cama con hojas y se durmió en un agujero del tronco.

Descansó hasta la noche y continuó subiendo. Subió y subió sin detenerse, pero el día llegó de nuevo y ni siquiera había alcanzado la primera rama...





martes, 6 de octubre de 2015

La chica de papel (IV)

––Hola, Dani––dijo Helena.

Un Audi rojo había aparcado delante de la escuela y ella y su hermano salieron de él. Dieron unos golpecitos en la ventanilla del conductor y el coche arrancó.

–– Hola. ¿Y ese coche?

––Es de nuestros padres––dijo Carlos––. Tienen seis más. Uno para cada día de la semana.

––Ah, pues que bien.

–– ¿Te pasa algo? Parece que estás enfadado––dijo Helena.

––Ya, perdonar, es que no he dormido casi nada haciendo el boceto para hoy.


––No te preocupes––dijo Carlos––. Venga, vamos a clase.



Conforme pasaba la mañana, el cansancio dejaba huella en mí hasta el punto de dar cabezazos al quedarme dormido. Entre sueño y sueño, oía las risas de Carlos y Helena y sentía cosquillas cuando la punta de sus bolis recorría mi brazo.

Si seguían así, al final me iba a dormir del todo. Tenía que espabilarme. Abrí los ojos. Mis compañeros dejaron de dibujar sobre mi piel y se quedaron mirándome. Sin embargo, al ver que no decía nada, Helena me tocó la mejilla con su dedo índice.

Yo di un respingo y mi giré hacia ella, pero no era Helena la que estaba a mi lado; era la chica de mi dibujo. Empecé a temblar. Entonces, ella se levantó, se dirigió a la puerta y salió. Quise seguirla, pero no pude; tenía las piernas inmovilizadas.

Histérico, intenté moverlas, darles golpes para conseguir que reaccionaran. No sirvió de nada. Lo único que logré es que toda la clase se asustara. Escuché a Anaïs decir algo y de repente, Carlos me sujetó los puños y me dijo: Dani, despierta.


   Abrí los ojos. Aquellas palabras seguían resonando en mi cabeza. Miré a mí alrededor. La clase estaba vacía, excepto por Carlos, Helena y yo.

–– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos?

––En el descanso. Llevas una hora dormido––dijo Carlos.

Me puse rojo.

–– ¿Tanto? Joder, que vergüenza.

––No pasa nada––dijo Helena––. A todos nos pasa alguna vez.

––Claro, tío, no te rayes. Venga, vamos a la cafetería que en diez minutos tenemos que volver.



   Tardamos más tiempo en subir, otra vez, a clase, pero yo no podía volver sin haberme tomado un café bien cargado.

Afortunadamente, Anaïs no nos dijo nada cuando entramos; continuó, sin inmutarse, con la lección. Sin hacer ruido, fuimos a nuestras mesas y nos sentamos.

Como ya estaba espabilado, las dos horas que quedaban se me pasaron volando; aunque no fue porque la clase me gustara; si no porque no dejaba de recordar el sueño que había tenido. Había sido tan real, que me hacía estremecer igual que cuando dormía.

Al final del día, Anaïs recogió los deberes y nos mandó otros para el día siguiente. Esta vez, teníamos que dibujar un personaje e intentar que la textura de su ropa pareciera tela de verdad.

Suponía que la lección había ido sobre eso, pero como no había escuchado, tuve que preguntarles a Carlos y Helena. Ella cogió su cuaderno y me lo dio.

––Copia mis apuntes, si quieres. Carlos y yo compartimos los suyos.

––Muchas gracias––Sonreí––. Mañana te los devuelvo.

Helena me devolvió la sonrisa. Luego, recogimos y nos marchamos.


Delante de la escuela, estaba aparcado el Audi rojo y apoyado en él había un hombre. Supuse que sería el padre de mis amigos, pero las pintas que tenía, me hicieron dudar. ¿Quién se imagina a ningún padre con el pelo bicolor morado y azul?; ¿o con una barba en forma de trenza?; ¿o vestido con unos vaqueros y una chaqueta verde de traje y zapatillas deportivas?

Aquel hombre superaba lo estrafalario y lo hortera al mismo tiempo. No obstante, transmitía muy buen rollo.

––Mira, Dani, este es nuestro padre: Diego––dijo Carlos.

–– ¿Qué pasa chaval?

Me estrechó la mano con fuerza.

––Venga, subir al coche. Dani, ¿dónde vives?

––En Campamento.

––Pues monta que te llevo.

––Gracias.




Por el camino, me estuvo contando que su mujer y él habían abierto, hacía años, una galería. Los cuadros que pintaban eran desnudos de híbridos entre humanos y animales. Me resultó bastante macabro; aun así, le dije que si podía verlos algún día.

––Claro, este sábado organizamos una exposición. Vente a comer, si quieres, y te llevamos a la galería antes de las siete, que empieza el evento.

––Vale. Chicos, ¿quedamos en la puerta de la escuela y vamos a vuestra casa?

––Es que vivimos en Villaverde Alto––dijo Carlos––. Papá, ¿puedes venir tú a buscarle?

––Sí, ¿a las doce la mañana en la escuela te viene bien?

––Perfecto.

Diego aparcó el coche; ya habíamos llegado a mi portal. Me bajé, me despedí de ellos y entré.



  De nuevo solo, la chica de papel volvió a mis pensamientos. Intenté centrarme y pasar a limpio los apuntes de Helena, pero se me pasó la tarde y no había empezado.

Saqué el bloc de mi mochila y lo abrí por el retrato. «Si pudiera verte, aunque fuera solo una vez», pensé mientras lo acariciaba con los dedos. Suspiré hondo, me levanté y salí de la habitación.

Jaime y Sergio ya habían vuelto. Estaban en el salón viendo la tele. Sin que me vieran, crucé el pasillo hasta la entrada, abrí la puerta y me fui a la calle.

Anduve hasta un parque que había cerca de mi casa, me senté en un banco y saqué el móvil. Busqué el número de Carlos y pulsé la tecla de llamada.


––Hola, tío.

De fondo, escuché ruidos de coches y tiros.

––Hola, ¿puedes hablar? Es que quiero contarte una cosa.

––Sí, espera que pauso la Play.

Paró el juego y volvió a coger el móvil.

––Ya, dime.

––Es la chica de mi dibujo, tío, no me la puedo sacar de la cabeza.

––Creía que no te gustaba hablar de ella. Como el otro día, cambiabas de tema todo el rato…

––Ya, porque no quiero recordarla, pero es imposible; creo que me estoy obsesionando.

–– ¿Y qué quieres que haga yo?

––Pues aconsejarme. ¿Qué puedo hacer?

––Yo que sé, tío, intenta centrarte en otras cosas.

–– ¿Cómo en cuáles?

––En los trabajos de clase, por ejemplo. ¿Has terminado el dibujo para mañana?

––Que va, si aún no he copiado los apuntes de Helena.

––Hala, pues ya tienes algo con lo que entretenerte. Mañana nos vemos, que quiero seguir jugando a la consola.

––Vale, hasta mañana.

A decir verdad, no me ayudó mucho hablar con él, salvo porque conseguí desahogarme un  poco. Sabía, de sobra, que debía concentrarme en otras cosas; especialmente en el curso, que mis padres estaban pagando una pasta para que yo pudiera estudiar. Aunque fuera por ellos, tenía que olvidarme de esa chica y aprobar el título de ilustración.