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Premonición

Una extraña sensación le recorrió. Al principio, pensó que era el tacto de los pétalos; las flores del jardín con aquella textura de papel ...

jueves, 18 de febrero de 2016

El secuestro de Lucy (IV)


El teléfono empezó a sonar. Damon salió de la habitación y corrió a cogerlo.

–– ¿Diga?
––Dam, soy yo, ¿puedes venir a casa?
––Ahora no. Tengo que ir a trabajar.
––Joder, ¿no puedes llegar más tarde?
––Ya estoy llegando tarde, Jerry. Me he quedado dormido.

Damon se abotonaba, con la mano libre, los botones de la camisa.

–– ¿Y a qué hora sales?
––Sobre las doce.
––Pues vente directo a casa. Tengo que contarte algo.

Sin darle tiempo a contestar, Jerry colgó.

Aquella mañana, antes del mediodía, Damon se despidió de sus alumnos y se fue. Damon era profesor de robótica en la Universidad de Nueva York.
Jerry le esperaba sentado en el banco que había al lado de su puerta.

––Ya estoy aquí, ¿qué me querías contar?

Jerry y él entraron y se sentaron en el sofá. Jerry le narró lo sucedido la noche anterior. Damon escuchaba concentrado, con las manos entrecruzadas sobre la frente.

––Jerry, ¿has pensado alguna vez en dejar la desaparición de Lucy en manos de otros policías?
––La verdad es que no. Estos chicos siempre han sido mis compañeros y confié en ellos, desde el principio, para ayudarme.
––Jerry, dejaron de ser tus compañeros hace cinco años, cuando tuviste el accidente.

Jerry se miró el hueco del pie.

––Y aunque Michael sea un gilipollas, entiendo que te guarde rencor. Jerry mataste a su padre.
–– ¿A qué has venido? ¿A hundirme?

Jerry no levantó la vista. Habló lento, marcando cada sílaba.

––No, lo que quiero es que te des cuenta de que por mucho perdón que hayas pedido nunca olvidarán lo que ocurrió y que quizás es mejor confiarle tu caso a otros.

Jerry se mordió el labio inferior y miró a su hermano con ojos de cristal.

––Nunca quise que le pasara nada a Harry y nunca me perdonaré lo que hice. Pero aquel día, solo veía que Niky me había dejado, que se había ido con otro que la satisfacía más que yo––Jerry apretó los puños––. Quince años juntos se fueron a la mierda en un instante y yo no supe afrontarlo de otra forma que bebiendo. No pensé en las consecuencias que tendría luego coger el coche. Ahora las sé y ojalá pudiera volver atrás para rectificar mi error.

Algunas lágrimas empezaron a caer por su rostro.

––Perdóname, no tendría que haberte recordado esto––Damon le abrazó––. ¿Te apetece salir a comer fuera?

Jerry se secó los ojos con la manga y aceptó la invitación.


A la vuelta, Damon acompañó a Jerry a casa. Había avisado a Amy para que fuera con Gillian a las seis. Gillian era el hijo de Damon.
Ilusionado por ver a su sobrino, Jerry preparó una pequeña merienda. Incluso mandó a Damon a comprar una bolsa de las patatas favoritas del niño. Damon suspiró, contento de ver a su hermano feliz.

–– ¡Hola tío Jerry!

El niño le abrazó con fuerza. Jerry se tambaleó con las muletas.

––Hola Gill, ¿cómo estás?
––Bien. ¿Y la prima? ¿Sigue en el internado?

Jerry asintió. Detestaba mentir y más a su sobrino, pero ¿cómo se le dice a un niño de seis años que su prima ha desaparecido y que lo mismo no vuelve? Eso fue lo primero que se les ocurrió contarle y llevaban alargando la mentira ya un año.

––Pues a ver si viene, que tengo ganas de jugar con ella.
––La próxima vez que hablemos, se lo digo.

Jerry le removió el pelo cariñosamente.



La merienda había acabado hace rato. Jerry había aprovechado las danzas de su sobrino para contarle a Amy lo ocurrido con la foto.
De repente, el niño apareció con ella en la mano.

––Mira mamá, que bien sale Lucy en esta foto.


martes, 9 de febrero de 2016

El secuestro de Lucy (III)

Jerry suspiró. No podía creer que estuviera en casa. Por fin, después de una semana que le había resultado interminable. Damon y Amy habían ido a buscarle con el coche. Su idea era que Jerry pasara un tiempo con ellos, pero él se negó. Necesitaba un momento a solas. O mejor dicho, unos días.

Avanzó desde la puerta hasta el contestador automático y pulsó el botón. Como siempre, cero mensajes. Sin sorprenderse, se encogió de hombros. Luego, subió a su habitación, apoyó las muletas en la pared y se echó en la cama.

Bocarriba, Jerry empezó a tamborilear, con los dedos, el colchón. Pensaba en Lucy. Recordaba cuando se tumbaban los dos en la cama, por las noches, y hablaban hasta que ella se quedaba dormida. Ya hacía un año de eso. Jerry cerró los ojos, con fuerza, para contener las lágrimas.

Respiró hondo, aún con los ojos cerrados, y alargó el brazo hasta la mesilla de noche. Cogió la fotografía de Lucy y abrió los ojos. En lugar de su niña, la foto enmarcaba un folio en el que ponía «dile adiós para siempre». Jerry se incorporó y desmontó el marco. Las manos temblando y el aire sin llegarle a los pulmones.

Por detrás, la hoja estaba en blanco. Jerry se agarró el pecho y empezó a hiperventilar. Le habían quitado la foto de Lucy. La única forma que le quedaba para ver su sonrisa. Y luego estaba el mensaje. Jerry volvió a leer el folio. ¿Qué significaba? ¿Quién lo había escrito?




Diez minutos más tarde, un policía llamó al timbre.

–– ¿Qué ocurre Jerry, qué era eso tan urgente que tenía que ver?

El policía pasó al salón. Jerry se acercó a la mesa y señaló la hoja y el marco.

–– ¿Qué es esto?

––Eso es lo que me gustaría saber. Ahí antes estaba la foto de mi hija y hoy, cuando me he dado cuenta, he visto esto.

El policía le miró extrañado.

–– ¿No te  habías fijado hasta ahora?

––No, acabo de volver a casa. He estado una semana fuera.

Jerry esperaba que le preguntara dónde, pero la conversación siguió por otro lado.

–– ¿Has visto algún signo de violencia en la casa?

––No, nada.

–– ¿Y sospechas quién puede haber sido?

––Sí, el que se llevó a Lucy. Esto es una pista clarísima.

––Bueno, clarísima, clarísima, tampoco––dijo el policía––. Solo es un folio con una frase escrita a boli.

Jerry se encendió. Los colores empezaron a marcársele en las mejillas y su boca se torció en una mueca de ira.

––Vamos, que ahora tampoco me vais a ayudar.

––No es eso Jerry, lo que pasa es...

–– ¡Cállate Michael!––Levantó una muleta en señal de amenaza––. Me tenéis hasta los huevos. Si yo siguiera en el cuerpo, no descansaría hasta encontrar a vuestros hijos. Que he sido compañero vuestro, coño, y me estáis dando la espalda cuando más os necesito.

––Hacemos cuanto podemos, Jerry.

–– ¿Cuánto podéis? Sois todos unos hipócritas.

Michael se guardó la contestación. Entendía  la frustración de Jerry, pero por mucho que se empeñara aquella nota no llevaba a ninguna parte.

––Me tengo que ir. Dame la hoja y el marco y si averiguamos algo, te aviso.

Jerry se los dio y se fue, otra vez, a la habitación. Antes de llegar a la escalera, escuchó la puerta cerrarse.