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Un malentendido

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sábado, 20 de mayo de 2017

De Dioses y Hombres (I)

 Pablo llegó a Carpetana cuando aún faltaban unos minutos para que el metro entrara en la estación. Dejó la cartera en el suelo y empezó a mirar a su alrededor. Todo el andén seguía siendo el sueño de la mayoría de las personas, que, como él, irían a trabajar.

Rostros sin ánimo. Manos que, cada dos por tres, sacaban el móvil sin saber porqué, solo por la manía de mirarlo, y lo volvían a guardar enseguida. Pablo echó la cabeza hacia atrás y bostezó, sin poder evitarlo los ojos se le cerraron.

Entonces, sintió que alguien le tocaba el hombro y vio a un hombre delante de él. Un hombre alto, de piel blanquecina y ojos verdes atravesados por una pupila en forma de raya.

Confuso le preguntó qué quería, pero el hombre no respondió. Siguió inmóvil con la mano apoyada en su hombro. Pablo se apartó y miró el cartel que anunciaba la llegada del tren. Para su asombro la pantalla se había apagado. Se dio la vuelta y miró el del otro lado, pero igual que el anterior este también tenía la pantalla en negro.

De nuevo, el extraño le agarró del hombro y se llevó un dedo a los labios en gesto de silencio. Luego clavó sus ojos en los de Pablo y este empezó a caer y a caer hacia un abismo.

   
  Un colchón de arena cálida y densa amortiguó la caída. Pablo se levantó y observó, desconcertado, sus pies descalzos hundidos en aquel desierto y la tela blanca que apenas cubría sus partes.

Cientos de preguntas le nublaban el pensamiento. Preguntas que no sabía responder y que acababan resbalando como gotas por su frente. Todo eso debía de ser un truco, seguro que ese hombre le había drogado y ahora tenía alucinaciones.

Pablo se sentó y apretó las rodillas contra el pecho. Entonces, un gran manto empezó a pintar de negro la luz de las estrellas.

Seguido de aquella oscuridad un coro de exclamaciones llamó su atención. Se levantó y corrió hacía donde las había escuchado. A pocos metros vivía una ciudad a la orilla de un enorme río. No una ciudad como las que él conocía. Allí las viviendas no eran altas construcciones de ladrillo, sino pequeños cuadrados de barro y paja.

Exhausto se acercó despacio al grupo que continuaba clamando y mirando al cielo. Se camufló entre ellos y observó, lleno de admiración e inquietud, como la noche se iluminaba por tres bolas de fuego alineadas sobre el firmamento.

Las esferas permanecieron inmóviles durante unos minutos y empezaron a bajar. Muchas personas huyeron y se refugiaron en sus casas. Otras, las más curiosas, entre ellas Pablo, continuaron expectantes con el corazón resonando en sus pechos a gran velocidad.

Tres naves metálicas de envergaduras imposibles aterrizaron y de ellas salieron unos seres físicamente parecidos al hombre del andén. Al verles el interés de antes se convirtió en una ola de terror que inundó de gritos y llantos toda la ciudad. Entonces, uno de ellos alzó las manos y les pidió silencio.

––Querido pueblo de Mitzráyim, no temáis.

Aquel ser, aunque parecido a los demás, tenía algo diferente: su cráneo era alargado con una protuberancia en la parte superior; sus ojos se estiraban ovalados desde los orificios de la nariz hasta las sienes y en su boca desfilaban grandes colmillos. Las manos, como las del resto, terminaban en cinco dedos largos y finos que continuó dirigiendo al cielo mientras imploraba que se acercaran.

––Por favor, no tengáis miedo, dejad que me presente. Mi nombre es Dyeser, soy el rey de un planeta muy lejano que, por culpa de una guerra, ya no existe. Nosotros somos los únicos supervivientes, que hemos logrado escapar, y necesito vuestra ayuda.

Pablo sentía que estaba a punto de desmayarse. ¿Hasta cuando iba a durar esa locura? Se llevó las manos a la cabeza y resopló agobiado. Entre la desconfianza de la multitud se oyó a un hombre decir:

––¿Qué queréis que hagamos?

El rey se giró, dijo algo en su lengua y a su lado se colocó otro cuyos brazos portaban a una niña.

––Mi hija estaba enterrada en el templo de nuestro planeta, pero ahora no tiene un lugar donde descansar. Si vosotros nos ayudarais a construir otro, prometo recompensaros con lo más valioso que se puede regalar: el conocimiento de la tecnología.

Asombrados ante esas palabras, todos aceptaron. Pablo, en cambio, seguía rogando que todo aquello acabara y volver a Carpetana. Regresar a su vida de siempre.
Dyeser dio una palmada y en el aire apareció un holograma de una pirámide escalonada.

Pablo soltó un grito ahogado.

––¿Y cómo esperáis que nosotros construyamos eso? ––dijo una mujer.

––Ya os lo he dicho ––El rey sonrió––, con tecnología.

En ese momento, los otros se llevaron un dedo a la sien y de las naves empezaron a salir gigantescas grúas y excavadoras que se distribuyeron estratégicamente a varios kilómetros. Pablo no daba crédito a lo que veía y en su cabeza volvió a surgir la misma pregunta: ¿hasta cuándo iba a durar esa locura?

Los seres se volvieron hacia las naves y siguieron transportando todo tipo de materiales de construcción. Herramientas incluso que Pablo desconocía. Una vez preparadas, el rey le pidió a los egipcios que se dividieran en dos grupos.

––Bien, sé que esto es difícil de asimilar y entender, pero os pido que abráis vuestras mentes; no todo es y ha sido cómo os lo han contado ––Dyeser hizo una pausa y prosiguió––. Confiad en nosotros y os mostraremos la verdadera verdad pues solo así seréis libres siempre.